Nunca como antes, como nunca hoy, la capacidad de dominar con fluidez mental, motriz y expresiva las distintas competencias que componen la lecto- escritura le otorga a cada individuo un sello original que marca su creatividad, su recorrido de madurez intelectual, la flexibilidad cognitiva para abordar distintas actividades y saberes, la capacidad para ser productor y consumidor de cultura, y la facilidad para transmitir sus vivencias y experiencias –fracasos y éxitos por igual- a quienes lo suceden.
Los tejidos de las primeras tramas lectoras se fabrican en los telares caseros con madejas simples pero con visión compartida: enlazar las letras en básicas sílabas que formen palabras arrulladoras en un hilván que devengue oraciones envolventes e irresistibles.
Las lecturas que prosiguen, las de la escuela, las de las tardes sin prisa, las de la vida misma, van completando esos derroteros esenciales posteriormente esclarecedores de páginas, y desde no hace mucho, de pantallas, dando lugar a voces plenas con pluma propia.
Cuando las hebras de los primeros pasos en la lectura no se anudan en sólidas urdimbres destinadas a alojar los abc iniciales, las oportunidades del aprendizaje del mañana se angostan, se frustran, se dilatan. Se pierden las esperanzas, avanza el desgano y se etiquetan los fracasos como irremediables. La confianza y la autoestima deben ser entonces descubiertas y la búsqueda de nuevos caminos mentales activada por quienes han aprendido a leer las potencialidades individuales latentes en el aula.
La memoria, la metáfora, los imaginarios, las comparaciones, la reflexión, la crítica, la definición, la abstracción, la concepción estética, el juicio, los sentidos, la comprensión, se derramarán en una avalancha al conocimiento mediante una ceremonia eterna y atávica que se iniciará con una lectura intimista y silenciosa, profundizándose a través de la lectura transformadora que dará significado a cada aprendizaje.
Lic. Graciela Perrone