En los primeros años del siglo XX, el magisterio es ya una profesión orgánica que se adopta no sólo por vocación, sino que se presenta como un seguro medio de vida que además confiere prestigio a quien lo ejerce. También se empieza a registrar un proceso, singular en ese momento, que transforma a la carrera docente en una sólida antesala para la posterior prosecución de estudios superiores.